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El Gobierno ha botado miles de millones de dólares a las calles y la economía no ha hecho más que contraerse. La producción se redujo por tercer trimestre consecutivo y las previsiones de crecimiento para fines de año son menos que mediocres. La más optimista -hecha por el Banco Central- prevé un crecimiento de apenas 1%. Analistas independientes dicen que ese crecimiento será de solo 0,7% e, incluso, que pudiera haber una caída de -1%.
¿Por qué bajan la producción y las ventas si el Régimen no ha parado de estimular la demanda a través del gasto? Porque en su afán de utilizar la economía para conseguir objetivos políticos -ganar elecciones-, la autoridad ni siquiera ha podido aplicar bien la receta keynesiana de estímulo a la producción. Veamos: El supuesto clave de la teoría de Keynes es que los salarios no suben tan rápidamente como otros precios, básicamente porque los sueldos no se fijan diaria o semanalmente en un mercado ‘spot’, sino que se establecen mediante contratos, incluso por períodos indefinidos. Por tanto, si el Gobierno aumenta el gasto y esa mayor demanda incrementa los precios, los salarios serán los últimos en subir, decía aquel economista inglés, amigo de Virgina Woolf, autora de Las Olas. Si los precios suben -con excepción de sueldo- entonces el salario real del trabajador caerá. Aquello incentivará a las empresas a contratar más trabajadores y a incrementar la producción, razonó Keynes. ¿Qué hizo el Gobierno? Aumentó el gasto público y también los salarios. No dejó que se produjera aquel descenso del salario real que propugnaba Keynes. Por tanto, el ingente volumen de dinero que se inyectó a la economía no se tradujo en un aumento sustancial de la producción y el empleo, sino solo en un boom del consumo importado. Otro error de aplicación de la receta keynesiana ha sido poner límites a las tasas de interés. Keynes demostró que el gasto público tiene un efecto multiplicador sobre la economía, pues sube los ingresos de las empresas y las familias. Pero ese efecto multiplicador debe ser acompañado de un aumento de la tasa de interés para evitar que la demanda de dinero se dispare y para impedir que el ahorro desaparezca. Los depósitos han caído en el sistema financiero, precisamente porque el interés que se paga por los ahorros ya no es suficientemente atractivo. Las tasas pasivas son bajas porque se fijaron topes al costo del crédito. El problema es que si el ahorro cae, lo hará también el crédito y la inversión; y ya se sabe que sin esos elementos, la producción y el empleo comenzarán a estancarse. Lord Keynes debe estar revolcándose en su tumba al ver a sus supuestos discípulos malinterpretar su teoría. EL COMERCIO. com |